Edificio Rialto
Plaça de l'Ajuntament, 17
Programación regular de la Filmoteca, de martes a domingo.
- Entrada general: 2,5€
- Abono 10 sesiones: 20€
- Tarifa reducida: Jóvenes hasta 30 años, Carnet de estudiante, Carnet Jove, Carnet Habitant del Rialto, Carnet FNAC, personas jubiladas, paradas y grupos de más de 10 personas: 1,5€
- Menuda Filmo: Entrada gratuita para menores de 14 años. Cada persona podrá sacar un máximo de seis entradas.
HORARIO TAQUILLA Venta de entradas 30 minutos antes de cada proyección para cualquiera de las sesiones del día.
Venta anticipada en taquilla.ivc.gva.es
“La muerte de Béla Tarr ha sido una gran pérdida para todos, incluyéndome a mí. He perdido a un gran amigo, un compañero en la magia visual del cine oscuro en la pantalla, y en general: he perdido un cine oscuro, donde ya no habrá tanta luz como la que creó Béla. El cine permanece, para mí y para nosotros, vacío. Béla Tarr fue uno de los artistas más grandes de nuestro tiempo. Imparable, brutal, inquebrantable. Cuando el arte pierde a un creador tan radical, por un tiempo parece que todo será terriblemente aburrido. ¿Quién será el próximo rebelde? ¿Quién dará un paso al frente? ¿Quién lo destrozará todo? Béla, regresa.”
Con estas palabras, el escritor húngaro László Krasznahorkai, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025, lamentaba la muerte, el pasado 6 de enero, de su amigo y colaborador Béla Tarr. Icono del cine europeo, su personalísima puesta en escena ha sido fuente de inspiración de algunos de los creadores más importantes de las últimas décadas: Pedro Costa, Apichatpong Weerasethakul, László Nemes o Gus Van Sant (no existirían Gerry y Elephant sin la profunda emoción que causó al cineasta americano el visionado de las películas de Tarr, que le llevaron a reconsiderar la gramática cinematográfica).
El pasado 12 de febrero, en una emocionante sesión en La Filmoteca, José Luis Guerin lamentaba que la gramática del cine mayoritario, hoy, consiste en cortar y cortar, en fragmentar y remontar las imágenes del mundo. Echa en falta, decía, la capacidad de observación del movimiento de personajes y elementos en el espacio de las primeras vistas Lumière. Pues bien, nadie como Béla Tarr se reveló contra un cine basado en la fragmentación del tiempo y del espacio. Su deslumbrante puesta en escena se construye sobre largos planos secuencia en los que hipnóticos travellings convierten cada escena en un microcosmos autosuficiente.
Ese estilo de Tarr está estrechamente relacionado con la prosa torrencial de su coguionista, el escritor László Krasznahorkai. Al otorgarle el Nobel, la academia sueca destacó que su obra "explora con melancolía, humor y rigor el derrumbe del individuo y de las estructuras sociales en tiempos de caos, con una intensidad formal que exige y recompensa". Su primera novela, Tango satánico (1985), ya apuntaba lo que se convertiría en sello personal de una escritura marcada por las frases largas, una puntuación mínima y atmósferas densas. Aquel libro obsesionó a Béla Tarr e inspiraría su propio universo fílmico, en adelante indisociable de las atmósferas creadas por Krasznahorkai. En palabras de Violeta Kovacsics, “el universo de la novela, a ratos concreto y local y en otros universal y abstracto, le abría a Tarr una puerta a las profundidades: de lo fantástico, del humanismo, de la fragilidad de la comunidad, del colapso de ciertos proyectos políticos, de la desesperanza, de la decadencia moral, del fin de la vida”.
Tarr conoció en aquel tiempo a Krasznahorkai y pronto comenzó su fértil relación creativa. En 1988, ambos firmaron el guion de La condena. El punto álgido de su colaboración lo marcaron las adaptaciones cinematográficas de las novelas Tango satánico y Melancolía de la resistencia (la película se estrenaría en 2000 bajo el título Armonías de Werckmeister). El escritor también firmó el guion de El hombre de Londres (2007), basado en una novela de Georges Simenon, y del último largometraje dirigido por Béla Tarr y su otra colaboradora habitual, Ágnes Hranitzky, la apabullante El caballo de Turín. Inspirada de nuevo en textos del premio Nobel, y compuesta por tan solo 30 planos secuencia, es una experiencia cinematográfica sin parangón.
No podemos hacer regresar a Béla Tarr, como pide Krasznahorkai. Pero sí podemos invocar su legado de la mejor manera posible: proyectando sus películas en pantalla grande, donde deben verse todas las películas, pero sobre todo las de Béla Tarr. Porque en su cine el espectador encuentra --además del universo único que tomó prestado de las novelas del Premio Nobel-- el goce de la puesta en escena, la profunda emoción que se siente ante una pantalla de cine al contemplar la simbiosis perfecta entre fondo y forma, ética y estética. En el ciclo encontramos muchos de esos momentos de plenitud. No hay más que fijarse en los planos secuencia que abren algunas películas: el lento movimiento que retrocede desde la vista de una ventana –un paisaje atravesado por un telesilla– hasta el interior de una habitación en La condena, el travelling lateral que sigue a un grupo de vacas en Sátántángo, el que abre Armonías de Werckmeister con uno de los personajes escenificando un eclipse ante el resto de clientes de un bar o el virtuoso e intrigante arranque de El hombre de Londres, que crea una coreografía prodigiosa entre el movimiento de la cámara y el de los personajes.
El pasado 12 de febrero, en una emocionante sesión en La Filmoteca, José Luis Guerin lamentaba que la gramática del cine mayoritario, hoy, consiste en cortar y cortar, en fragmentar y remontar las imágenes del mundo. Echa en falta, decía, la capacidad de observación del movimiento de personajes y elementos en el espacio de las primeras vistas Lumière. Pues bien, nadie como Béla Tarr se reveló contra un cine basado en la fragmentación del tiempo y del espacio. Su deslumbrante puesta en escena se construye sobre largos planos secuencia en los que hipnóticos travellings convierten cada escena en un microcosmos autosuficiente.
Ese estilo de Tarr está estrechamente relacionado con la prosa torrencial de su coguionista, el escritor László Krasznahorkai. Al otorgarle el Nobel, la academia sueca destacó que su obra "explora con melancolía, humor y rigor el derrumbe del individuo y de las estructuras sociales en tiempos de caos, con una intensidad formal que exige y recompensa". Su primera novela, Tango satánico (1985), ya [...] Leer más
Películas
Béla Tarr, con la colaboración de Ágnes Hranitzky · Alemania, Italia, Francia, Hungría · 2000 · 145'
Béla Tarr · Hungría, Alemania, Francia · 2007 · 139'
Béla Tarr, Ágnes Hranitzky · Alemania, Francia, Suiza, EEUU, Hungría · 2011 · 146'
Plaça de l'Ajuntament, 17
46002 València
Plaza del Ayuntamiento, 17
46002 València
Tel. 962 93 66 21- 962 93 66 20
audiovisual@ivc.gva.es